La figura del ejecutivo en países como el nuestro tiene un peso
muy grande y es entendible, en la mayoría de los casos los antecedentes
históricos y las formas constitucionales han delineado (a pesar de todo)
sistemas presidencialistas consistentes debido a la extensa normatividad que da
elasticidad a estos cargos, así como también, a causa de la influencia
partidista, los intereses económicos y la inmejorable visibilidad mediática que
reciben para efectos de comunicación electoral y de gobierno.
En México el ciudadano común no se equivoca del todo al
culpar o reconocer sólo una persona (al ejecutivo federal generalmente) por las
situaciones que le aquejan o los cambios que experimenta en su localidad, su
entidad, su país o incluso en su localización continental. Con el paso de los
años y la transformación política del país, esta identificación de algún modo
ha cobrado sentido, es por ello que vale la pena reflexionar acerca de lo que
se ha precipitado en los últimos periodos, gracias a la intensa cobertura
mediática.
Tenemos por defecto un sistema de gobierno presidencialista que
adapta sus “réplicas” en el contexto local, luego a ello, se le articula una
participación exhaustiva de los medios de comunicación y en los últimos 10 años
una creciente apertura de canales de información, además de las condiciones
específicas (políticas, económicas o sociales) que otorgan como resultado una exposición
de la figura presidencial de mayor o menor grado.
En términos generales éste fenómeno multifactorial, se ha
presentado con distinta intensidad a lo largo del tiempo, pero es a partir de
la llegada del actual mandatario al cargo, que se hace más notorio y es
entonces que podemos hablar de una Sobreexposición presidencial.
Este caso atrae particularmente por rebosar cierta arrogancia y
porque con sus antecedentes, desde muy temprano se ha notado enfocado e
insistente ante ciertos aspectos, así como minimizando la atención que se le da
a otros actores, acontecimientos políticos y procedimientos.
Claramente el papel que desempeña el presidente es totalmente relevante, pero
pareciera al día de hoy, con lo que se observa en los
medios o se escucha en pláticas cotidianas, todo el protagonismo en las
cuestiones públicas y el peso del país lo carga una sola persona.
Y es que a partir de necesidades y actividades importantes como legislar,
reformar, reordenar, resolver problemas públicos de los tres niveles de
gobierno o formular políticas de cualquier tipo, se han politizado
-mediatizado- vulgarmente como si fueran tareas que dependen por
completo de él, su buena voluntad, complejo de “héroe nacional”,
así como del estado de ánimo en que se encuentre. Agregando además una la
ilusión de inmediatez y de jerarquía sobre el Congreso y el poder Judicial.
Es a través de los flujos constantes de información en medios
y redes, que se construye, nutre y se explota esta relación
entre “El presidente” “sus aliados y funcionarios” y los
“espectadores”, que en términos electorales parece en esta ocasión (más
que otras), estar resultando una gran hazaña, siendo favorecedor para el
crecimiento del partido de procedencia y los grupos adeptos, mientras por lo
menos para mí, en términos de Calidad Democrática, nos sigue dejando una
sombra, sirviendo nada más para demeritar el quehacer de las instituciones, los
órganos autónomos y subordinar a los dos poderes restantes.
En este sentido, la desinformación, la falta de educación y
cultura cívica que lamentablemente siguen imperando en México, asociadas a esa Sobreexposición
de la figura presidencial y su exhaustiva promoción como protagonista de la
vida y obras en el país, nos hacen olvidar el valor del equilibrio, de la
pluralidad, del rol y las oportunidades del ciudadano, de la pertinencia y
seriedad que deben contener los procesos, la autonomía decisoria, lo importante
de la discrepancia, el papel de la oposición, los verdaderos mecanismos de
rendición de cuentas y la trasparencia en términos “tangibles”.
La Sobrexposición Presidencial a la que hoy nos estamos
acostumbrando puede ser una característica de nuestro sistema político, una
necesidad/ exigencia ciudadana de “estos tiempos” o una estrategia
autogenerada por el mismo ejecutivo, pero sin duda, lo que más interesa son las
formas es en las que se ha suscitado, cómo va en progresión y cuales son por
decirlo sus efectos adversos, ya que
desde esta perspectiva,
sólo se logra confundir a la ciudadanía, causando una visión
simplista sobre la política, las autoridades públicas y las
oportunidades que los propios ciudadanos tienen para participar, además de que
favorece a perpetuar ideas erróneas sobre la importancia, las áreas de
competencia, las responsabilidades y las tareas de Estado, gobierno y los
alcances de la administración.
Por ello se debe promover desde cualquier espacio que los
ciudadanos comunes transitemos a no “ponerle un sólo rostro” a lo que
sucede en el país, ni poner todas las observaciones sobre una espalda,
reduciendo visiones escuetas y evitar conformarnos con romanticismos
mediáticos, fomentando la visión crítica, exigiendo circulación de información
seria, apoyando los esfuerzos de éticos de los comunicadores, políticos y organizaciones de la sociedad civil, para
lograr un mejor entendimiento de las actividades políticas y de gobierno.

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